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¿Hasta que la muerte nos separe?

Fue así que comenzaron muchas historias de maltrato, agresividad y violencia en la vida de muchas mujeres que, atravesadaspor un ideal inscrito, culturalmente se lanzaron a la promesa de un amor eterno.

Esa popular frase tiene tanto de perversa como de nefasta, si es que fuéramos a hacer un análisis preciso de lo que ella enmarca, pues nos pone de cara a la imposibilidad de movernos cuando nuestra estabilidad emocional se siente amenazada, e incluso cuando nuestra integridad también lo está. Según esta aparentemente inocente frase, cada una de nosotras tendría que estar sometida a los impulsos de su pareja, a tal punto que lo único que podría fin a ello sería, precisamente, la muerte misma.

Pero… ¿La muerte de quién? ¿O la muerte de qué? Y es que evidentemente, la expresión con la que inicia esta reflexión, tiene que ver con la finalización de la vida misma en el plano, por así decirlo, físico, es decir, con la muerte del cuerpo material (y a veces incluso con la muerte temprana de la mente) como condición única de corte del vínculo afectivo. Sin embargo, creo que esta frase podría permitirnos una posibilidad diferente , y es la de un corte, ruptura o, como quieran llamarlo, cuando la muerte, en el sentido simbólico, comienza a habitar una relación.

Con esto quiero decir que, la muerte, entendida como término, cesación o fin, podría entonces referirse a las múltiples formas de exterminio del deseo, de la ausencia de respeto por el otro, del fin de la complicidad, de la comunicación, del amor (este último, entendido en la forma singular y no romántica). Esto sería entonces una vivencia que nos daría lugar a la separación, a la posibilidad de elegir un cierre como muestra de cuidado propio, pero también de cuidado del otro y de no permitir que el odio o la agresividad hagan más difícil una situación que ya de por sí comúnmente es bastante complicada de asumir.

¿La muerte de qué? Pues del deseo y de los propósitos comunes que, inicialmente, nos dieron lugar a la compañía y a la complicidad en un momento dado de la vida, esa que nos movilizó a caminar al lado de otro con el que queríamos construir, compartir, vivir. La muerte, en este sentido, se refiere al deterioro, al desgaste, al decaimiento a veces inevitable de todo aquello que nos vinculó a ese otro. Si tuviéramos entonces la posibilidad de identificar estas muertes como una señal, como una muestra clara de que aquello ya no nos satisface más, y de que nuestro lugar en ese vínculo es otro, ya distinto, , ello nos permitiría entonces comprender que el movimiento, el tránsito hacia otras esferas, es algo inevitable (y a veces necesario) y que, a favor de nuestro cuidado emocional, finalizar ciertas relaciones es quizás lo más sano.


Febrero 2021


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